por Santiago Villanueva. Traduction de Aron Barbier.
Si Buenos Aires no existe, el último proyecto de Liv Schulman titulado Un círculo que se fue rodando la hace existir fuera de escala, sobredimensionada. La marca como una ciudad hipnotizada o bajo el efecto de la hipnosis, de la conversación psicoanalizada donde sus habitantes permanecen en su tan deseado efecto de borderline pero también en una supuesta incoherencia comunicativa. En la película Buenos Aires es una ciudad que no se escucha, que se construye bajo la sorda intuición de charlas desarticuladas, que tienen poca continuidad, que se desarman y tienden a un discurso en caída. ¿Pero no es así en cualquier ciudad? Un círculo que se fue rodando no abarca todo el plano de la ciudad, sino una minúscula superficie que es el microcentro porteño, sede central de los vaivenes económicos, de la vida oficinista y recuerdo palpable del éxito cultural producto del rico ascenso industrial que Argentina vivió durante la década del 60. Retiro, como también se conoce el barrio, es el punto de llegada y de partida de migrantes internos y externos, es el barrio donde la moneda cambia todo el tiempo, donde las oficinas se transforman en viviendas, donde las galerías de arte se mudan para pagar alquileres más bajos. Es la Buenos Aires enamorada de la deuda, que la odia tanto como la desea, la pegada a la pantalla inflacionaria, a las vidrieras abandonadas, a los papeles de la burocracia, a los menús con precios tachados, al peatón de peatonal que no es el mismo de vereda, que mira el piso sin la preocupación del accidente.
Las sucesivas crisis sobre la que se montó el proyecto de este país no es ajeno al momento y proceso de filmación de la obra. El rodaje, iniciado unos diez días antes de que asuma la presidencia el gobierno de ultraderecha de Javier Milei, basado en una de las más brutales políticas de ajuste de las últimas décadas, da un tono de lectura particular a la película. Nuevamente surgen manifestaciones populares en las calles, semanalmente la Plaza del Congreso concentra una consigna diferente y el mareo es tal que lo que prima es la desorientación política y emocional. La velocidad, los cambios de escenas en un plano continuo y la interrupción e incoherencia es el espejo de una ciudad confundida, que es Buenos Aires, pero que podría ser cualquier otra.
“¡Que la deuda la pague Messi!” gritó hace diez años un artista de mediana carrera en pleno microcentro porteño y ese absurdo reclamo ni siquiera llegó a hacer eco entre quienes pasaban alrededor. Años más tarde un grupo de artistas firmaban una carta pidiendo que las colecciones europeas del patrimonio nacional se vendieran para pagar a los fondos buitres. Los mismos artistas se reían de sí mismos, resignación del endeudado en un mercado dolarizado como el del arte.
Tanto el deambular esquizofrénico de los personajes de la película como la aparición insistente de las remeras es casi el mismo que el de la presencia incómoda de Benjamin Solari Parravicini en la cultura argentina, alguien aún poco estudiado y exhibido pero que google da suficientes referencias para entender su vida y su obra, y su pasaje de las bellas artes a la profecía económica. Un tradicional artista, que comenzó como pintor figurativo en la década del 40, pero que en los años 70 predicó el esoterismo y compuso frenéticamente su “Testamento profético”, una serie de dibujos y textos premonitorios que sirvieron a los medios masivos y a funcionarios de turno para justificar eventos traumáticos de nuestra vida económica y política. Las psicografías (como él las llamaba) son vagos anuncios que funcionan como guías, pero más que nada como advertencias e instrucciones. Y un país fanatico de las advertencias, siempre está en estado de consecuencia, siempre está en el estado de un efecto. Solari Parravicini anunció el atentado a la Amia (Asociación Mutual Israelita Argentina), la hiperinflación del 89, la crisis del 2001 y la llegada de nuestro actual presidente: el hombre gris. Pero también en 1972 dio un veredicto para el arte: “Llega el arte mecánico- inteligente y móvil- y en voz. Llega el arte pobre- astral- cerebral ortopédico- celular- y el intangible- ¡Llegó el desartista!”. Parravicini representa mejor que nadie los cruces entre psicoanálisis, adivinación, tarot y economía, y es por eso que es imposible no pensarlo como referencia de la obra de Schulman.
Escribir este texto solo es imposible, siento que la película tiene el tiempo del presente continuo que si solo se piensa con una voz limita a cualquier lectura, llega en un momento especial para quienes vivimos de este lado y necesita muchas voces para ser pensada. Es por eso que me paro a la salida del cine barrial donde la película es proyectada por primera vez en Buenos Aires a modo de prueba para artistas y allegados al mundo del arte, con la sola intención de saber impresiones de locales, ¿qué opinan lxs argentinxs de está película? Mano directa de los sufrimientos de las sucesivas, hasta mensuales crisis económicas y estrepitosos cambios de estados de ánimo que nos caracterizan (de ahí que se diga que la viveza y la violencia nos representan). Sabemos que los artistas inventan tecnologías (de la amistad) y estrategias (de la alegría) para suspenderse en un estado de alivio, pero siento que esta película más que la sensación de alivio provoca algo de irritación y el fuera de foco de la estabilidad emocional.
La primera persona que que interpelo es una joven pintora que parecía conocer muy bien trabajos anteriores de la artista. Me dice que es su obra maestra y que llega al sumun de su trabajo retomando temas viejos pero tratandolos de otra manera. “Estaba incómoda y me perdía partes y no entendía cosas pero ese mareo de verla así me dio cierta sensación copada, que acompañaba la película que tiene mucho vaivén de léxico y de imágenes: es una deriva loca”. Otros personajes que abandonan la sala me dicen que es un autorretrato, pero entre el barullo no termino de entender porque lo dicen. Me acerco a una curadora amiga que hace un análisis riguroso: “La impresión que me quedó es que es un síntoma de época, que asume un protagonismo, la ansiedad como si la ansiedad fuese una persona, un pensamiento que no para y se repliega sobre sí mismo y se expande con cada cosa que toca: una conversación, que pasa a una escena, que pasa a una remera y después es un sonido”. Me menciona la canción de una reconocida banda de rock argentino, que titula este texto, y me dice que el rol de las remeras es fundamental porque le hablan al barrio. Son las voces de ese barrio. Me dice que es la película menos ensimismada de Liv, que logra abrirse y que eso es evidente en los planos. La analiza formalmente. “La forma es todo, hay un culto al cine”, me dice.
Otro artista de un país vecino empieza resignado a hacer una devolución, se sincera: “No tengo nada muy poético para decir, pero sentí”. Me dice que la obra de Liv se basa en escuchar a la gente, que es una artista de la escucha y que esta película retrata perfectamente la sensación de caminar por Buenos Aires, que eso ya estaba en otros trabajos, pero el fragmento, la interrupción y la salud mental nunca estuvieron tan bien retratados.
Como dice uno de los confusos personajes de Un círculo que se fue rodando: “Me salió una esvástica en un diente. No hay moraleja”. Acá tampoco hay moraleja: una noticia mal recortada, fuera de contexto; una cadena nacional, sin anuncios. En la hora de los magos, el dólar baja y sube el peso, en la película de Liv es la fuerza de la crisis la que nos vuelve tan especiales como insoportables.
Agradecimientos: Carla Barbero, Constanza Giuliani, Lulo Demarco.
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Plus personne ne va écouter ton T-shirt
Si Buenos Aires n’existe pas, le dernier projet de Liv Schulman intitulé Un círculo que se fue rodando la fait alors exister hors échelle, surdimensionnée. Il la marque comme une ville hypnotisée ou sous l’effet de l’hypnose, de la conversation psychanalysée dans laquelle ses habitant·e·x·s sont maintenu·e·x·s, dans leur état borderline tant désiré, mais aussi dans une supposée incohérence communicative. Dans le film, Buenos Aires est une ville qui ne s’écoute pas elle-même, qui se construit sous l’intuition sans ouïe de conversations décousues, presque sans continuité, qui se désagrègent et tendent vers un discours en chute libre. Mais n’est-ce pas ainsi dans toutes les villes ? Un círculo que se fue rodando ne couvre pas toute la surface de la ville, mais une zone minuscule, le microcentro porteño, siège des aléas économiques, de la vie de bureau et souvenir palpable de la réussite culturelle du riche essor industriel de l’Argentine au cours des années 1960. Le retiro, comme on l’appelle aussi, est le point d’arrivée et de départ des travailleur·euse·x·s intérieur·e·x·s et extérieur·e·x·s, le quartier où s’échangent tout le temps des devises, où les bureaux sont transformés en appartements, où les galeries d’art déménagent pour payer des loyers moins élevés. C’est la Buenos Aires amoureuse de la dette, qui la déteste autant qu’elle la désire, collée à l’écran inflationniste, aux vitrines abandonnées, à la paperasse bureaucratique, aux menus avec les prix barrés, à la personne qui déambule sur une rue piétonne, qui n’est pas la même que celle qui est confinée au trottoir et qui regarde devant elle sans se préoccuper de l’accident.
Les crises successives sur lesquelles s’est élaboré le projet de ce pays ne sont pas étrangères à l’œuvre, le moment de celle-ci et la façon dont elle a été filmée. Le tournage, qui a commencé une dizaine de jours avant l’entrée en fonction du gouvernement d’ultra-droite de Javier Milei, basé sur l’une des politiques d’ajustement les plus brutales des dernières décennies, donne à la lecture du film un ton particulier. À nouveau, des manifestations populaires ont surgi dans les rues, chaque semaine la Plaza del Congreso résonne d’un slogan différent, et l’étourdissement est tel que prévaut une désorientation politique et émotionnelle. La vitesse, les changements de scènes en plan séquence, l’interruption et l’incohérence sont le miroir d’une ville confuse, celle de Buenos Aires, mais cela pourrait être n’importe quelle autre ville.
Il y a dix ans, un artiste en milieu de carrière criait « Que Messi paie la dette ! » en plein centre-ville de Buenos Aires, et sa revendication absurde n’est même pas parvenue à trouver écho auprès des passant·e·x·s. Des années plus tard, un groupe d’artistes a signé une lettre demandant que les collections européennes du patrimoine national soient vendues pour payer les « fonds vautours ». Les artistes mêmes ont fait preuve d’autodérision, une résignation de l’endetté·e·x face à un marché de l’art dollarisé.
L’errance schizophrénique des personnages du film et l’apparition insistante des T-shirts sont presque identiques à la présence inconfortable de Benjamin Solari Parravicini dans la culture argentine. Bien qu’encore peu étudié et exposé, on trouve sur Google suffisamment de références pour comprendre la vie et l’œuvre de celui-ci, et son passage des beaux-arts à la prophétie économique. Artiste traditionnel, il a commencé comme peintre figuratif dans les années 1940, mais dans les années 1970, a prêché l’ésotérisme et composé frénétiquement son « Testament prophétique » — une série de dessins et de textes prémonitoires, qui ont servi aux médias et aux fonctionnaires de l’époque à justifier des événements traumatisants de la vie économique et politique de l’Argentine. Les psychographies, comme il les appelait, sont des annonces vagues qui offrent une guidance, et fonctionnent surtout comme des avertissements et des instructions. Et un pays fanatique des avertissements est condamné à se réduire à l’état de conséquence, à n’être toujours qu’un effet. Solari Parravicini a annoncé le bombardement de l’Amia – Association mutuelle israélite argentine, l’hyperinflation de 89, la crise de 2001 et l’arrivée de notre président actuel, l’homme gris. Mais aussi en 1972, il a formulé une prédiction de l’art : « L’art mécanique arrive — intelligent et mobile — et en voix. L’art pauvre arrive — astral — orthopédique cérébral — cellulaire — et intangible — le désartiste est arrivé ! » Parravicini représente mieux que quiconque les croisements entre psychanalyse, divination, tarot et économie, et c’est pourquoi il est impossible de ne pas penser à lui en référence à l’œuvre de Schulman.
Écrire ce texte seul m’est impossible. Je sens que le film se conjugue au présent continu, qui conçu à une voix limiterait à une lecture unique. Il arrive à un moment spécial pour celleux d’entre nous qui vivent par ici, et nécessite de nombreuses voix pour être pensé. Pour cette raison, je me tiens devant le cinéma de quartier où a lieu la première projection du film à Buenos Aires, pour les artistes et les personnes proches du monde de l’art, dans le seul but de connaître les impressions des habitant·e·x·s de la ville. Que pensent les Argentin·e·x·s de ce film ? Il est le résultat direct des souffrances des crises économiques successives, quasi mensuelles, et des changements d’humeur dramatiques qui caractérisent les Argentin·e·x·s (c’est pourquoi on dit que la vivacité et la violence nous représentent). On sait que les artistes inventent des technologies (de l’amitié) et des stratégies (de la joie) pour se tenir en suspend dans un état de soulagement. Mais j’ai l’impression que ce film, plutôt qu’un sentiment de soulagement, provoque une certaine irritation et une mise à l’écart de toute stabilité émotionnelle.
La première personne que j’interroge est une jeune peintre qui semble très bien connaître les travaux antérieurs de l’artiste. Elle me dit qu’il s’agit de son chef-d’œuvre, que celle-ci atteint le sommet de son travail en revisitant d’anciens thèmes et en les traitant différemment. « J’étais mal à l’aise, j’ai raté des parties, je n’ai pas compris des choses, mais le vertige de le voir de cette façon m’a donné un certain sentiment de fraîcheur qui a accompagné le film, qui a beaucoup de va-et-vient lexicaux et d’images : c’est une dérive folle ». D’autres personnes sortant de la salle me disent qu’il s’agit d’un autoportrait, mais dans le brouhaha, je ne comprends pas très bien pourquoi elles disent cela. Je m’adresse à une amie curatrice qui fait une analyse rigoureuse : « L’impression qui me reste est qu’il s’agit d’un symptôme de l’époque qui joue ici un rôle de premier plan, l’anxiété comme si celle-ci était une personne, une pensée qui ne s’arrête pas, se replie sur elle-même et se développe avec chaque chose qu’elle touche : elle se transmet d’une conversation à une scène, à un tee-shirt, ensuite à un son ». Elle mentionne la chanson d’un groupe de rock argentin connu, qui est le titre de ce texte, et me dit que le rôle des T-shirts est fondamental parce qu’ils parlent au quartier. Ils sont les voix de ce quartier. Elle me dit que c’est le film le moins égocentrique de Liv, qu’il parvient à s’ouvrir et que cela se voit dans les plans. Elle en fait une analyse formelle. « La forme, c’est tout, il y a un culte du cinéma », dit-elle.
Un autre artiste d’un pays voisin commence à se résigner à faire un retour, il dit franchement : « Je n’ai rien de très poétique à dire, mais j’ai senti. » Il me dit que le travail de Liv repose sur l’écoute des gens, qu’elle est une artiste à l’écoute et que ce film dépeint parfaitement la sensation de marcher dans Buenos Aires, que cela existait déjà dans d’autres œuvres, mais que le fragment, l’interruption et la santé mentale n’avaient jamais été aussi bien dépeints.
Comme le dit l’un des personnages confus de Un círculo que se fue rodando : « J’ai eu une croix gammée dans la dent. Il n’y a pas de morale. » Ici non plus, il n’y a pas de morale : une information mal extraite, hors contexte ; une chaîne nationale, sans publicités. À l’heure des magicien·ne·x·s, le dollar tombe et le peso monte ; dans le film de Schulman, c’est la force de la crise qui fait de nous des êtres aussi spéciaux qu’insupportables.
Remerciements : Carla Barbero, Constanza Giuliani, Lulo Demarco.